Un documental para que no me llames “puta”


‘The Unslut project’ milita contra el afán social por avergonzar la sexualidad femenina. La última oleada de suicidos de jóvenes traumatizadas por el ‘bullying sexual’, el catalizador

Dos mujeres participan en una de las populares 'Slut Walks' en Londres (2012)

Dos mujeres participan en una de las populares ‘Slut Walks’ en Londres (2012)

“¿Por qué no te suicidas, zorra estúpida?”. Abril de 2013. Una de las frases que más escuchó Emily Lindin en su adolescencia resuena, de nuevo, en su cabeza al enterarse por la noticias del suicidio de Rehtaeh Parsons, una chica canadiense que había sufrido una violación en grupo y que después tuvo que aguantar el acoso de sus compañeros de instituto cuando las fotos de su agresión sexual circularon en las redes sociales. No era la primera vez que Lindin escuchaba una historia como ésta. Otras jóvenes norteamericanas como Amanda Todd, Audrie Pott o Phoebe Prince también se habían quitado la vida después de haber sido señaladas como la “puta del instituto”. “Y la lista podría seguir con más nombres que no aparecen en la prensa” explica a S Moda Lindin, fundadora de The Unslut project, una iniciativa que busca la concienciación social y que promueve la igualdad de género para luchar contra ese estigma en el que la sexualidad femenina se negativiza y convierte en objeto de insulto, bullying o acoso.

El proyecto de Lindin contra el ‘slut shaming’ –lo que vendría a ser el ‘escarnio de la zorra’, o esa extraña y arraigada afición por culpabilizar a las víctimas de agresiones sexuales, y no al agresor, con frases como “se lo estaba buscando” o “eso le pasa por ir provocando”– es también un proyecto catártico. Su autora lo inició con la publicación en Tumblr de sus diarios de niñez y adolescencia, porque, tal y como cuenta, “a mí nunca me violaron, pero fui señalada como la ‘puta’ del colegio desde que cumplí once años en adelante” (un resumen de sus vivencias se pueden leer en este artículo que firmó en The Guardian).

Transcribir episodios como el “Hija mía, ¿eres sexualmente activa?” que le preguntó su madre mientras hacía los deberes por los rumores que asolaban su barrio (su novio le contó a todo el mundo que le había practicado unos tocamientos que ella nunca pidó, “en realidad, fui sexualmente pasiva”), o cómo ella misma pensaba que se merecía todo el acoso de sus compañeros (“Debo haber hecho algo mal. Supongo que me lo merezco y Dios me lo está devolviendo”) han dado fuerza a multitud de mujeres (y hombres) para compartir sus propias experiencias personales en su web. “Toda esta implicación demuestra cómo de arraigado está este tipo de bullying en nuestra sociedad”, cuenta.

pierna_6516_635x

Dime cómo vistes y te diré lo ‘zorra’ que eres: la foto de Rosea Lake se convirtió en viral al poner de manifiesto cómo se juzga moralmente a las mujeres en función de su vestimenta

Foto: Rosea Lake

Por ese motivo, y para extender su proyecto a nuevas vías de comunicación, Lindin prepara ahora el documental ‘Slut: A Documentary Film’ (‘Puta: el documental’) que podrá rodar gracias a la financiación colectiva de Kickstarter, donde superó la meta de 18.000 dólares iniciales que se había propuesto.”El objetivo es iniciar una conversación real para que la gente reflexione y sea consciente de que el problema del slut shaming es una realidad. Nos centraremos en las historias de estas jóvenes que se han suicidado tras sufrir bullying sexual y preguntaremos a expertos, sexólogos y psicólogos para explorar cómo podemos cambiar este aspecto en nuestra cultura”.1381619429

Porque no sólo las historias de suicidios evidencian cómo de arraigada está la misoginia sobre el comportamiento sexual de las mujeres. Sirvan como ejemplo dos episodios veraniegos en los que el ‘libertinaje femenino’ fue puesto en el punto de mira: las reacciones al viral de la foto de una felación que una joven practicó en pleno concierto de Eminem (bajo el Hashtag #slanegirl en Twitter), donde ella quedó quedó retratada como la “puta” y él como un “héroe”; o toda la polvareda que levantaron las fotos del sexismo en San Fermín, donde muchos alegaron el latiguillo de “eso les pasa por enseñar las tetas en medio de una plaza”.

“Te pueden llamar puta por la forma en la que vistes, por disfrutar del sexo, por rechazarlo o por ofender a alguien por un tema que nada tenga que ver con el sexo. Podría decir que hasta el hecho de existir y ser mujer ya parece suficiente para que te lo digan”, lamenta Lindin. Para promover una reflexión sobre el término, desde su web distribuyen unas camisetas con el lema Define Slut (Define Puta), para que la gente también” se plantee el uso de esta palabra y reconozca cómo puede llegar a herir al resto”.

Inciativas como las de ‘The Unslut Project’, las Slut Walks u otros virales contra la denominada rape culture tratan de concienciar sobre cómo se culpabiliza a las mujeres del comportamiento que otros ejercen sobre ellas. Estas acciones serán necesarias hasta que la sociedad comprenda que ni por enseñar más, ni por salirse de los límites de lo ‘aceptable’ en su sexualidad, una mujer merece ser avergonzada o agredida.

Fuente elpais.com

Las necesidades erótico-sexuales de las mujeres como motor del cambio en la pareja


Las mujeres podemos plantear que no estamos conformes o que no nos gusta cómo se desarrollan las cosas entre las sábanas. Aunque cueste, puede ser la puerta hacia un encuentro distinto. Animate a actuar

pareja

Para ella, la llegada del fin de semana significa pensar en sexo. No, en el sexo inquietante, deseado. Por el contrario, los años de convivencia lo convirtieron en una costumbre estandarizada, en “tiempo y forma”, sosteniendo el orgullo del hombre que “cumple con su tarea”.

La escena se repite en muchas parejas, convivientes o no, con hijos o sin ellos, jóvenes o con muchos años encima, en las cuales el sexo se ha convertido en una conducta aprendida, “respetuosa” de un sexo normativo, que poco lugar deja a la comunicación y a provocar cambios saludables.

Los roles fijos traen problemas

La convicción de que el encuentro sexual tiene como meta la penetración no sólo es una creencia inamovible en la mente de muchos hombres: también las mujeres esperan y exigen ser penetradas. La sexualidad heterosexual incorporó el placer pero no se olvida del fundamento “natural” que aún la condiciona: la procreación. Y aunque la pareja esté bien dispuesta al placer hay fuerzas inconscientes que dirigen la erótica al inevitable objetivo de la penetración en detrimento de la riqueza de la preparación y el juego previo.

La aparición de disfunciones sexuales de causa psicológica pone en evidencia la exigencia por cumplir con las normas internalizadas de cómo tiene que ser la unión sexual. La urgencia por penetrar muchas veces oculta temores a perder la erección, y la ansiedad que no pudo calmarse en el juego previo puede llevar a la eyaculación precoz u otros problemas del orgasmo.

Las mujeres también sufren el embate de la urgencia: problemas para lubricarse, falta de orgasmo, vaginismo, dispareunia (dolor durante el coito), pero además hay que agregar los autoreproches por no decir, por no poder comunicar que “así no”, que no les gusta esta forma de tener sexo, que les gustaría ser guía de la mano del hombre, pero no pueden, no se animan, o no las dejan.

Las evasivas impiden el cambio

Sin duda existen muchos cambios en materia de sexo. Las personas están mejor dispuestas y se sienten más libres para la conquista y la erótica. Sin embargo, este giro saludable para concebir la sexualidad no siempre se traduce en acciones de igual tenor. La cama puede ser un lugar para aventurarse con nuevos estímulos o un espacio donde se suceden conductas predecibles.

Muchos de estos encuentros “automáticos” son acuerdos tácitos, una especie de convencimiento de que “así debe ser” y no merece ninguna cuestión. En otros casos (los más frecuentes), bajo ese acuerdo en apariencia incuestionable, asientan dificultades en la comunicación, deseos insatisfechos y un profundo malestar.

Si los hombres se aferran a conductas repetidas por garantía de éxito (“si se me para tengo que penetrar”), las mujeres se subestiman por la dificultad para plantear un cambio.

Los motivos para no hablar con su pareja pueden ser reales, por ejemplo: cuando existe un comportamiento irritable o violento del hombre, o bien son conjeturas, evasivas, meras justificaciones que ponen de relieve inhibiciones de género.

Aún persisten obstáculos que cierran la boca de las mujeres, aunque por dentro griten la necesidad de un cambio: “el hombre se tiene que dar cuenta”, “él tiene que saber lo que me gusta”, “si hablo tengo miedo de que se sienta mal”, “intenté una vez y no me hizo caso”, “no me va a escuchar, está cansado”, “voy a esperar las vacaciones para hablar”, “ya estamos grandes… ¿para qué cambiar ahora?, “¿para qué insistir en el sexo si estamos bien en el resto de las cosas”. En fin, un sinnúmero de excusas que impiden que la mujer pueda plantear sus necesidades erótico sexuales y ser factor de cambios saludables en la relación. Suponer que el hombre “sabe” lo que debe hacer en el cuerpo de una mujer, cuidar su virilidad por temor a resentirla si se hace un planteo de cambio, o bien creer que un pedido de variantes puede ser evaluado como una insatisfacción mayor, son conjeturas frecuentes. Y, a veces, cuando las palabras caen en saco roto y no consiguen el efecto deseado, o lo hacen por poco tiempo, volviendo a la conducta rutinaria de siempre, el cuerpo femenino logra comunicar lo que las palabras no logran hacer.

Romper el corset

El deseo de conseguir una sexualidad más satisfactoria saca a las mujeres de la pasividad que el género les deparo durante siglos, despertando en ellas una capacidad y audacia que no habían podido mostrar hasta el momento. Rompen el corset corporal y se animan a proponer nuevos lugares, poses, lubricantes, películas, juguetes, etc. Salir del paradigma de la “mujer pasiva” impacta en la relación permitiendo que el hombre modifique también el rol “activo” que las normas de género le impusieron.

No sirve quedarse en el supuesto o en justificaciones defensivas, tampoco en guardar la esperanza de un cambio “mágico” que reactive el deseo y la pasión. Hay que actuar: hablar, pedir, guiar, exponer las necesidades, volver el cuerpo activo, espontaneo, creativo y audaz.

Fuente entremujeres.com

Las 10 prendas que más se rompen durante el sexo


¿Los botones? ¿Las medias? ¿Ese hermoso par de aros que acabás de estrenar? Todo corre peligro en los momentos de mayor placer. ¿Te pasó alguna vez?

lenceria-escotes-corpinos-manas-tetas-pecho-corpino-sensual_MUJIMA20110906_0014_36

El sitio De10.mx se encargó de hacer, con la ayuda de sus lectores, un ranking de la ropa y accesorios que suelen romperse en los encuentros sexuales. Aquí están, estos son:

1. Botones de camisas. ¡Son tantos! ¡Y tan chiquitos! Que es común querer abrirlos todos de un golpe. Esta acción termina desprendiendo, si no todos, la mayoría de los broches.

2. Sujetador. Estamos tan acostumbradas a ponerlo y sacarlo, que hasta lo haríamos con dos dedos y en un solo movimiento. Pero, para algunos hombres, es un momento de alta tensión. Y muchas veces el resultado es catastrófico.

3. Cierres. ¿Qué hay de complicado en bajar un cierre? Si lo pensamos en frío, absolutamente nada. Pero en ese momento puede quedarse atorado, se puede romper la manijita o, en el más doloroso de los casos… ¡Puede agarrar la piel!

4. Rompa interior. ¿Estás muy entusiasmada, en un lugar prohibido y con tiempo limitado? Entonces lo mejor es no sacar la ropa interior, sino hacerla a un lado. Vas a ahorrar bastante dinero.

5. Botones del pantalón. Siempre están ahí para complicarnos la vida. Aparecen en los jeans, en prendas de vestir, en los trajes… Muchas veces, para no perder tiempo, optamos por reventarlos.

6. Faldas. Siempre se dice que facilitan todo, pero en realidad depende del modelo de la prenda. Si es muy ajustada, es probable que al momento de subirla termine toda descosida.

7. Medias de nylon. Una vez que salió la pollera y todo parecía solucionado… Ahí aparecen. Son innecesarias y estorbosas en los momentos de pasión. Tanto, que con frecuencia terminan con agujeros.

8. Tacos. ¿La emoción te hace perder el equilibrio? Quizás te convenga, al menos por un segundo, pensar en tus lindos zapatitos…

9. Anteojos. Son muy fáciles de perder y pueden terminar rotos, ya sea porque hiciste el amor encima de ellos o porque no calculaste dónde pusiste tus pies.

10. Aros y collares. Suelen engancharse en la ropa o en el pelo de nuestro compañero. ¿La solución es sacarlos despacito y con cuidado? ¡Ni locas! Primero, vayamos a lo nuestro…

¿Te pasó alguna vez? ¿Qué prenda rompiste o se te rompió? ¡Compartí tu experiencia!

Fuente entremujeres.com